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En aquel ínfimo instante, 20 pares de pulmones aguantaban la respiración, por miedo a que el más leve movimiento en el aire produjese un desajuste. De manera inconsciente, el grupo de 20 hombres compartía una misma intuición: un leve hálito caliente podía desviar la trayectoria del bisturí del doctor Barnard. Eso les paralizaba.

La operación se prolongaba durante más de 6 horas. El equipo de cirujanos llevaba todo ese tiempo de pie, sin un saliente donde apoyarse. Tenían los ojos fijos en el pecho del paciente, aséptico y anestesiado, donde estaba teniendo lugar lo que más tarde se conocería como el milagro de El Cabo. Los hombres se habían evadido del tiempo y habían perdido la conciencia de sus propios cuerpos. Ya no habitaban el mundo de los relojes, donde el tiempo corre pautado y predecible. Se hallaban en un instante perpetuo, prolongado para siempre, en el corazón de Louis Washkansky.

Era un hombre corpulento, con papada mal rasurada. Vestía camisa y pantalón de trabajo. Se dedicaba al comercio. Tenía 56 años y un optimismo atronador por las mañanas. Y desde hacía varios años, padecía diabetes y problemas cardíacos. Tras una acalorada discusión con sus compañeros de trabajo, el doctor Barnard había decidido intentar su primer trasplante de corazón en humanos. “Es una locura -le habían advertido sus camaradas-. Lo matarás”. Pero Christiaan Barnard no tenía otra opción. Con trasplante o sin él, Washkansky estaba al borde del acantilado. Abajo, las olas estallaban con furia. Barnard podía resignarse, o podía aproximarse a él y tratar de amarrarle a la tierra.

Dijo sí al trasplante de corazón. Washkansky entraría a quirófano con su órgano debilitado y saldría con uno nuevo. La donante era una joven de 25 años, Dénise Darvall, que había muerto atropellada por un automóvil, durante un un paseo por la ciudad. El hospital Groote Schuur, de Ciudad del Cabo, con sus paredes de piedra y sus columnas clásicas, era el testigo de la proeza del doctor Barnard. Nadie sabía si era un loco o un genio. Probablemente los dos, unido a pequeña dosis de suerte. Porque al mismo tiempo que Barnard, diferentes médicos en todo el mundo intentaban una operación similar, sin resultados. Sus pacientes no sobrevivían. El único que lo logró fue Louis Washkansky, el paciente del doctor sudafricano Christiaan Barnard.

Barnard se había especializado en cardiología en Estados Unidos. Era un hombre joven de frente extensa, ojos penetrantes, mandíbula animalesca. Durante su paso por la clínica del doctor Owen, experimentó con la técnica de trasplantes de corazón en animales. Al principio eran un completo desastre. Pero tras 15 años de empeño y obcecación, los perros con los que experimentaba empezaron a salir adelante. A Barnard le venían fogonazos a la mente, con el rostro de su hermano pequeño, fallecido a los 5 años de una enfermedad de corazón. Aquel suceso le marcó profundamente, hasta el punto de determinar su trayectoria profesional. Cuando por fin dominó la técnica del trasplante, Barnard se atrevió a dar el paso a los humanos. Se había prometido salvar, algún día, a un niño que podría haber sido su hermano.

Cuando los 20 cirujanos volvieron a respirar y finalmente se sentaron, la operación había terminado y el doctor Barnard estaba empapado en sudor. El cuello de su bata hubiera podido escurrirse sobre una palangana. El paciente, Louis Washkansky, respiraba. Su corazón latía por sí solo, como un niño que circula en bibicleta ya sin los ruedines. Por primera vez en la historia, el corazón sano de una joven funcionaba en el cuerpo de un hombre maduro. Los médicos se miraron, sin poder creer lo ocurrido. Sabían que, a partir de aquel momento, el nombre del doctor Barnard ocuparía las páginas de los periódicos, deshechos en alabanazas.

Durante los días siguientes, no obstante, existió el riesgo de que el cuerpo de Washkansky reaccionase contra el órgano intruso. Pero nada de eso llegó a ocurrir. Washkansky no presentó síntomas de rechazo. El trasplante había sido un éxito. Si Washkansky murió semanas más tarde, tristemente, fue debido a su débil sistema inmunitario, desarmado ante una neumonía, y no a su intacto corazón. El trasplante en sí había funcionado.

A partir de aquel momento, Barnard se entregó por entero a perfeccionar su técnica. Un año más tarde, en medio del apartheid sudafricano, Barnard realizó un segundo trasplante: el cuerpo de un hombre blanco albergó durante 563 días el corazón de un hombre negro. Después, un tercer trasplante. Un cuarto. Y así, hasta 140. Los pacientes vivían cada vez más. Los corazones seguían latiendo, gracias a personas como Barnard, entregadas y dispuestas a intentar lo que nadie antes había logrado.

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