La reacción que aquella noticia provocó en Ramón solo se entiende si uno traspasa esa mirada seria, analítica, de hombre cultivado, que tomaba asiento al otro lado de la mesa del doctor. Hasta aquel día en el hospital, Ramón había ostentado un puesto de ejecutivo en una gran empresa. Cerraba acuerdos, viajaba por países exóticos, dormía en hoteles lujosos. Y aunque tal vez no se sintiese la persona más feliz del mundo, estaba satisfecho con su posición, claramente mejor que la de la mayoría de sus amigos. Se reía, vestía de marca, tenía una novia. Llevaba la misma clase de vida que muchos de los trajeados con maletines que uno se cruza por las avenidas de una gran ciudad.

Como todos los grandes cambios, el suyo empezó con un detalle nimio. Algo pequeño, sin importancia, que ocurre en un determinado instante y a lo que nadie presta atención. De vacaciones, mientras fumaba, se le cayó el cigarrillo. Ramón resopló con fastidio y lo recogió del suelo. Pero cuando fue a llevárselo a la boca, se le cayó otra vez. Un fumador sabe que esto es algo extraño. Una persona observadora lo sabe también. Ramón, sin embargo, no le concedió importancia, hasta que más adelante el suceso se volvió a repetir, esta vez con una lata de refresco. Aunque la tenía delante, su mano no atinaba a cogerla. Algo en la coordinación de su brazo estaba empezando a fallar.

Desde entonces, todo fue cuesta abajo. Visitas a médicos, diagnósticos que no acertaban. Tal vez estrés, un ictus leve, podía ser cualquier cosa. Ducha de incertidumbre. Y el corazón en un puño. Quien se ha enfrentado a esta clase de situaciones lo sabe: las palabras del médico se convierten en sagradas. Y cuando caen del pedestal, el corazón se vuelve desesperado hacia otra parte, en busca de una fe, implorando que alguien le diga qué ocurre. Cuando lo descubre, como le ocurrió a Ramón, de pronto parece que todo el mundo ha cambiado, que la vida es de un color diferente, de un olor diferente y que hasta se siente distinto en la piel. Viene el momento, lícito y necesario, de no salir de la habitación. La vida, tal y como la conocíamos, se ha terminado. Pero no es el final. Empieza una historia nueva.

Ramón se negó a aceptar el pronóstico y se calzó unas zapatillas. A eso se debe que ahora llegue trotando por un camino de tierra, mientras sostiene una bebida isotónica. Un hombre robusto, musculoso. Viste mallas naranjas, deportivas y un dorsal. Luce gafas de intelectual. El pelo muy corto, levemente grisáceo, dos profundos surcos a ambos lados de la boca. Tiene el aspecto de un hombre que ha vivido ya de todo y que ha decidido expresarlo moviendo su cuerpo. Ramón no da muestras de cansancio, a pesar de que lleva 12 horas, 37 minutos y 10 segundos nadando, corriendo y montando en bicicleta.

Su historia no sería diferente de la de cualquier friki del deporte, de no ser porque los médicos le han diagnosticado esclerosis múltiple. Se trata de una enfermedad sin cura que impide que el cerebro mande señales al resto del cuerpo, y que se traduce en problemas para mover los brazos y las piernas, temblores y fatiga. Diversas dificultades para mover el cuerpo, que se agravan con el paso del tiempo. Los médicos reiteraron que Ramón no sería capaz de caminar más de 200 metros, lo que equivale a ir y volver del kiosko de la esquina. Ahora está haciendo un Iron Man y cuenta sus retos en primera persona.

Por su mente ha pasado ya de todo: su infancia, su trabajo, el dolor de la rodilla, el recuerdo de su boda, el trozo de barrita energética atrapada entre los dientes. Y a la vez no ha pensado en absolutamente nada, porque cuando uno hace un Iron Man, la prueba más dura del triatlón, comprueba que los momentos de pensamiento se alternan con los de vacío mental. Y al final comprueba que los mejores son estos últimos. Para seguir adelante lo mejor es dejar la cabeza en blanco, y simplemente moverse.

“Yo no pretendo que la gente haga Ironmanes -asegura Ramón-. El Iron Man es una distancia. Y cada uno tiene que buscar su Iron Man, su distancia”. Tras Ramón aparecen tres siluetas más. Son su mujer y sus hijos, que cruzan la línea de meta con él. La familia levanta los brazos y se apiña en un abrazo tan sincero que remueve a los espectadores. Al final, lo ha conseguido. Ha ido y ha vuelto al kiosko de la esquina, pero mil veces seguidas. Cuando franquea el arco de plástico hinchable, Ramón escucha las palabras que le dicen a todo el que completa esta temible prueba: “Now, you’re an Ironman”. Mejor que el de la película. Vamos, ni punto de comparación.

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